(...) Muy a menudo en las culturas literarias de mi país, tanto en la que se expresa en la lengua medieval catalana de Llull y de los poetas trovadores, como en la que lo hace en la lengua de un Cervantes, de paso por Barcelona, o en las múltiples lenguas en condición de exilio político o económico, o por voluntad de amor, que hoy se expresan por la boca y la mano y el pensamiento entre tantos exiliados y emigrados que forman comunidad dentro de la nueva comunidad en las ciudades arraigadas y cosmopolitas de la Catalunya de hoy, hay -decía- todo un tópico no exento de una cierta realidad eurocéntrica: "el código visual es universal, mientras que el código literario es local" o, dicho de otro modo: la literatura necesita de la traducción, mientras que el arte visual es comprendido por todo el mundo Y esta ley es, en efecto, universal, como una ley de la naturaleza que nos adoctrina, en pleno proceso de mundialización, sobre los valores de la biodiversidad, a los que cabría sumar radicales compromisos humanísticos. (...)
